
El gusto por la costumbre se vuelve consciente
sólo cuando se experimenta su carencia. Para quien ha comido
tortillas toda su vida, es imposible imaginar lo bueno que es
un "taquito de sal" antes de que el antojo le llegue
en Kinshasa (Africa), después de un año de no ver
una tortilla ni en fotografía. Pero la costumbre es nuestra
segunda naturaleza, y ¡como nos gusta la naturaleza! También,
la carencia de alimento, de sueño, de agua, dramatizan
el gusto por aquello que no emociona tanto cuando lo tenemos regularmente.
En todo caso, la relación entre naturaleza y costumbre
es, para efectos prácticos, de lo más íntima,
pues siempre, la manera como vivimos nuestra naturaleza está
mediada por nuestra costumbre. Por ejemplo, si nuestras necesidades
alimenticias forman parte de la memoria (biológica) de
nuestra especie, la manera como las resolvemos forma parte de
la memoria (étnica) de nuestro pueblo.
No es aventurado afirmar que la relación de los vivos,
con quienes van muriendo, es una cuestión que importa en
toda sociedad. Aunque existe la posición que considera
que no hay nada después de la muerte (que no es cosa nueva
- recuérdese a los saduceos de tiempos bíblicos);
a pesar de que el mundo moderno invita a menudo a pensar que las
cosas pueden ser así, pareciera ser cosa de naturaleza
que por todas partes se considere que la gente muere pero no muere.
Incluso en los Estados que oficialmente descartaron la posibilidad
de "otra vida", a los héroes se les recuerda
mediante estatuas, mausoleos y libros; de una forma u otra permanecen
y viven en la memoria de quienes se quedan. Por lo demás,
cualquiera que haya vivido suficiente tiempo se habrá encontrado
algún día platicando con algún amigo, pariente
o conocido muerto (como al morir su psicoanalista García,
se imaginaba aquel que, contándole en el diván a
García las ideas que le había producido la muerte
de García.)
Esta idea de tratar con los muertos de alguna manera, puede examinarse
en distintos lugares de la tierra, y al mencionar uno, he aquí
la reseña de Grazyna Kubica sobre Polonia en el siglo XIX:
"Había la creencia universal de que en vísperas
de difuntos éstos venían a la tierra, llegaban hasta
sus antiguas casas y a media noche se dirigían a la iglesia,
en donde un cura muerto oficiaba misa. Así, los cementerios
eran arreglados y se ponían veladoras en las tumbas, que
se decoraban con flores y guirnaldas artificiales. A los limosneros
se les entregaban alimentos y dinero. Las mujeres vestían
de negro. Prevalecía una atmósfera solemne y ceremonial.
En algunas casas se mantenían luces y hogares encendidos
toda la noche. Se ponían alimentos en la mesa, las puertas
quedaban abiertas toda la noche y los moradores de la casa se
acostaban temprano para no perturbar a las ánimas en su
regreso".
Es un hecho que nuestro pueblo ha forjado maneras de vivir la
relación con los muertos que contienen elementos muy extendidos
por la faz de la tierra y elementos muy propios. La combinación
final es, desde luego, peculiar. La conmemoración de los
difuntos en México está enraizada en viejas tradiciones
celtas que hacen de la víspera de Todos Santos el inicio
del año, y en creencias autóctonas sobre el más
allá; todo ello mediado por la Iglesia católica
y su doctrina. Como tradición auténtica que ha sido,
la conmemoración de los difuntos tiene una dinámica
de cambio y continuidad. Hoy por hoy, la transformación
general de la sociedad, amén de la llegada de elementos
vía Norteamérica, incide en la celebración.
Para quienes han llegado a amar una costumbre, se vuelve difícil
mantener la fidelidad. Pero no hay que perder el ánimo.
Sólo lograremos conservar la tradición en la medida
en que la disfrutemos como niños. Y un altar de muertos
doméstico, con toda la muerte, puede ser una mística
en torno al límite entre la vida y la costumbre encantadora.
No hay una manera de ponerlo. Como el nacimiento, hay un tema
con variaciones regionales y temporales. Pero se puede empezar
con ayuda de una mesa o gabinete pequeño pegado a una pared,
preferentemente a la entrada de la casa. Un mantel sobre el altar
y papel de China recortado sobre la pared, constituyen el arreglo
básico. Algunas imágenes de santos o de los antepasados
(santos por definición) son importantes. Hay que añadir
unas velas a cada lado y varios recipientes con flores. Éstas,
que se pueden comprar en el mercado--amarillas, moradas, rojas--son
hermosas y no muy caras. Pero un aroma agradable y original se
logra cuando uno mismo sale al campo a cortar de las abundantes
flores silvestres de la época. Junto con la ofrenda de
luz, hay que poner un recipiente con incienso o copal. Finalmente,
el pan, los tamales, los cigarros, las cervezas, el tequila, ron
o coñac--según recordemos o imaginemos el gusto
de nuestros muertos--, las proverbiales calaveras de dulce y estamos
listos para recibirlos. Nos lo agradecerán tanto como nosotros
agradeceremos las ofrendas de nuestros descendientes cuando dentro
de 20, 50 u 80 años regresemos como difuntos a deambular
por los escenarios de nuestras querencias.
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