Fiesta de Cosecha - Mariana Murguía de Ferrer ©1999 Cantos Para Todos Volume VI

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FIESTA DE COSECHA
Prólogo:
POR UNA TRADICION VIVA:
un altar de muertos en cada hogar

por León Ferrer
Instituto Nacional de Antropología e Historia

El gusto por la costumbre se vuelve consciente sólo cuando se experimenta su carencia. Para quien ha comido tortillas toda su vida, es imposible imaginar lo bueno que es un "taquito de sal" antes de que el antojo le llegue en Kinshasa (Africa), después de un año de no ver una tortilla ni en fotografía. Pero la costumbre es nuestra segunda naturaleza, y ¡como nos gusta la naturaleza! También, la carencia de alimento, de sueño, de agua, dramatizan el gusto por aquello que no emociona tanto cuando lo tenemos regularmente. En todo caso, la relación entre naturaleza y costumbre es, para efectos prácticos, de lo más íntima, pues siempre, la manera como vivimos nuestra naturaleza está mediada por nuestra costumbre. Por ejemplo, si nuestras necesidades alimenticias forman parte de la memoria (biológica) de nuestra especie, la manera como las resolvemos forma parte de la memoria (étnica) de nuestro pueblo.
No es aventurado afirmar que la relación de los vivos, con quienes van muriendo, es una cuestión que importa en toda sociedad. Aunque existe la posición que considera que no hay nada después de la muerte (que no es cosa nueva - recuérdese a los saduceos de tiempos bíblicos); a pesar de que el mundo moderno invita a menudo a pensar que las cosas pueden ser así, pareciera ser cosa de naturaleza que por todas partes se considere que la gente muere pero no muere. Incluso en los Estados que oficialmente descartaron la posibilidad de "otra vida", a los héroes se les recuerda mediante estatuas, mausoleos y libros; de una forma u otra permanecen y viven en la memoria de quienes se quedan. Por lo demás, cualquiera que haya vivido suficiente tiempo se habrá encontrado algún día platicando con algún amigo, pariente o conocido muerto (como al morir su psicoanalista García, se imaginaba aquel que, contándole en el diván a García las ideas que le había producido la muerte de García.)
Esta idea de tratar con los muertos de alguna manera, puede examinarse en distintos lugares de la tierra, y al mencionar uno, he aquí la reseña de Grazyna Kubica sobre Polonia en el siglo XIX:
"Había la creencia universal de que en vísperas de difuntos éstos venían a la tierra, llegaban hasta sus antiguas casas y a media noche se dirigían a la iglesia, en donde un cura muerto oficiaba misa. Así, los cementerios eran arreglados y se ponían veladoras en las tumbas, que se decoraban con flores y guirnaldas artificiales. A los limosneros se les entregaban alimentos y dinero. Las mujeres vestían de negro. Prevalecía una atmósfera solemne y ceremonial. En algunas casas se mantenían luces y hogares encendidos toda la noche. Se ponían alimentos en la mesa, las puertas quedaban abiertas toda la noche y los moradores de la casa se acostaban temprano para no perturbar a las ánimas en su regreso".
Es un hecho que nuestro pueblo ha forjado maneras de vivir la relación con los muertos que contienen elementos muy extendidos por la faz de la tierra y elementos muy propios. La combinación final es, desde luego, peculiar. La conmemoración de los difuntos en México está enraizada en viejas tradiciones celtas que hacen de la víspera de Todos Santos el inicio del año, y en creencias autóctonas sobre el más allá; todo ello mediado por la Iglesia católica y su doctrina. Como tradición auténtica que ha sido, la conmemoración de los difuntos tiene una dinámica de cambio y continuidad. Hoy por hoy, la transformación general de la sociedad, amén de la llegada de elementos vía Norteamérica, incide en la celebración. Para quienes han llegado a amar una costumbre, se vuelve difícil mantener la fidelidad. Pero no hay que perder el ánimo. Sólo lograremos conservar la tradición en la medida en que la disfrutemos como niños. Y un altar de muertos doméstico, con toda la muerte, puede ser una mística en torno al límite entre la vida y la costumbre encantadora. No hay una manera de ponerlo. Como el nacimiento, hay un tema con variaciones regionales y temporales. Pero se puede empezar con ayuda de una mesa o gabinete pequeño pegado a una pared, preferentemente a la entrada de la casa. Un mantel sobre el altar y papel de China recortado sobre la pared, constituyen el arreglo básico. Algunas imágenes de santos o de los antepasados (santos por definición) son importantes. Hay que añadir unas velas a cada lado y varios recipientes con flores. Éstas, que se pueden comprar en el mercado--amarillas, moradas, rojas--son hermosas y no muy caras. Pero un aroma agradable y original se logra cuando uno mismo sale al campo a cortar de las abundantes flores silvestres de la época. Junto con la ofrenda de luz, hay que poner un recipiente con incienso o copal. Finalmente, el pan, los tamales, los cigarros, las cervezas, el tequila, ron o coñac--según recordemos o imaginemos el gusto de nuestros muertos--, las proverbiales calaveras de dulce y estamos listos para recibirlos. Nos lo agradecerán tanto como nosotros agradeceremos las ofrendas de nuestros descendientes cuando dentro de 20, 50 u 80 años regresemos como difuntos a deambular por los escenarios de nuestras querencias.

 

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